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Rafa Macarrón

Rafa Macarrón

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La ciudad acabada

La recreación de escenarios es una constante visible en el trabajo de Rafa Macarrón (Madrid, 1981) desde sus comienzos en el mundo de la exhibición en el año 2006. Las obras que desde el 7 de septiembre hasta el 21 de Octubre se exponen en Distrito 4, forman parte de su último proyecto específico.

La galería se encuentra trazada para formar un recorrido o una imagen completa del artista, desde los bocetos y pinturas que se encuentran en la primera planta, a modo de introducción, hasta el desenlace final, un gran lugar en un pequeño espacio diseñado en colaboración con su hermano, el arquitecto Gerardo Macarrón (Madrid, 1978). Al entrar observamos una parte del material preliminar a la instalación, los estudios del cuerpo de los protagonistas, hombres y animales de piernas demasiado delgadas como para soportar el peso de sus cabezas. Las figuras siempre se asientan sobre un fondo neutro, azul, anaranjado, verde agua, y en cada escena, la línea que corta el plano vertical del fondo con el plano horizontal, es la única línea que reconocemos como característica de nuestro mundo.

El juego del dibujo distorsionado, da lugar a una serie de figuras cuyo carácter viene dado por su deformidad y desproporción. Las actividades que se desarrollan en cada pintura reflejan las acciones que más tarde veremos replicadas en la obra que cierra la exposición, todas las imágenes hacen referencia al paseo por un mundo figurado por el artista en la galería. Salir a pasear al perro, regar las plantas, darse una ducha. Sobre fondos azules o verdes, el trazo fino y el casi imperceptible collage de estos dibujos animados, se sitúa sobre paredes que en ocasiones parecen biombos. Las nubes reflejadas en el fondo descubren los espacios como escenarios de una obra de teatro personal, los suelos rayados en blanco y azul, aluden al decorado de un tiovivo antiguo, a un helado de dos sabores. Falsas estrellas se ubican sobre el fondo monocromo bajo la forma de puntos de luz ácidos.

En el austero y período de entreguerras, Alexander Calder, viajaba con su circo en los años veinte del siglo pasado. Guardado en una maleta, Calder le daba vida al circo recreando funciones íntimas para sus amigos. El artista despliega sus acciones imaginadas de manera visible para todo el público; los acontecimientos pintados en sus escenografías también hacen referencia a un tipo de diversión o distracción de la realidad mientras el espectador camina ante sus ventanas ilustradas. En la planta baja, un video documenta el proceso de creación y los bocetos y apuntes se suceden en una sala contigua a la obra de gran formato “Quedada en patio sur”. Esta última se encuentra suspendida como rodeada de una pared/passe-partout. Las medidas de esta pintura cumplen la proporción áurea, como las tarjetas, de crédito, las pantallas de las televisones., etc. La proporción y la desproporción, uno de los motivos que caracterizan el trabajo del artista, aparece tanto en los pequeños y fantásticos hombres autocomplacientes, como en los enormes insectos, animales y mobiliario urbano que improvisa sobre el lienzo.

Al final de la galería encontramos la obra “De paseo por un mundo”, un proyecto donde el soporte rectangular sobre el que acostumbramos apoyar la mirada para apreciar una pintura, da un paso más allá, hacia el de la instalación, es decir, la experiencia de la pintura desencasillada. Se trata de una estructura tridimensional de lienzo imprimado que crece bajo las proporciones establecidas por Le Corbusier, el modulor y las dimensiones del hombre. En esta ocasión, el gran orden en la relación de escalas de Le Corbusier, permanece disfrazado de pequeñas historias de personajes anónimos, escenas de baño y calles paseadas en solitario. Cuentan la anécdota de que Le Corbusier se puso este apodo, (el Corbusier era el hombre dedicado a espantar los cuervos en las alturas de Nôtre Dame), y en efecto, se disponía a espantar los preceptos de una arquitectura insensata para los tiempos que corrían y corrían. Sobre la razón humana y matemática de este arquitecto francés que conquistó Manhattan, la metrópoli continúa desarrollando su propia vorágine e idiosincrasia. De un modo análogo, la instalación/isla “De paseo por un mundo”, sobrevive al orden inicial de monocromía arquitectónica.

Los puntos redondos de luz fosforescente que sobrevuelan sus pinturas, señalan, componen e iluminan las superficies de la mayoría de las creaciones del artista; son los únicos motivos formales incrustados en sus pinturas que reconocemos como patrones geométricos, aparte de los ángulos rectos que delimitan las pinturas. Los pequeños círculos de luz contrastan con el resto de motivos antropomórficos que pasean por los lienzos. Estos círculos de luz, arbolados y dispersos por la superficie opaca como manzanas o bombillas sin toma de corriente, componen la superficie negra del universo instalado en la última estancia de la galería. De hecho, los puntos de luz que estampa el artista podrían ser los anteojos partidos de las gafas de Le Corbusier.
No deja de ser irónico que sobre la estructura construida con un sistema de medidas basado en la proporción humana, el cálculo y la proporción, el artista haya desarrollado un mundo al revés, opuesto a las premisas constructivas del modulor, integrando el azar y la composición aleatoria en la suma de líneas rectas y razonadas de la estructura arquitectónica. Del trabajo de los hermanos Macarrón resultan dos maneras de interpretar el mundo o de reaccionar sin miedo ante su construcción, aparentemente contradictorias. La trama y consecuencia del trabajo de ambos resulta una suma de dos espacios sólo en apariencia discordantes. El grado de improvisación del artista plástico, sobreexpuesto al nivel de cálculo del arquitecto, suman valores armónicos. En otra instalación anterior, “Déjà vu”, aparece entre paréntesis: “técnica mixta sobre lienzos tridimensionales”. En la ficha técnica de la obra presente, “De paseo por un mundo“, posiblemente aparezca algo parecido, tal vez con el añadido de: “medidas variables”, lo cual resulta una ironía perfecta hacia cualquier estructura protagonizada por el Modulor.

Sobre la base abstracta de Gerardo Macarrón, con abocinados y salientes diagonales, surge la mañana del hombre que se afeita y fuma, que pasea por las aceras de una calle repleta de volátiles animales que componen una imagen cosmogónica de la ciudad cargada de escenas cotidianas. Como si el artista fuese encendiendo las farolas y bombillas de cada espacio figurado. La impresión del espectador es la de observar con prismáticos las ventanas iluminadas de un rascacielos o de una gran avenida. Las pinturas se prolongan hasta el ligar un tren de imágenes mundanas, sombras que dan luz y tonalidades y personajes que parecen sorprendidos por la visión entrometida del visitante. Esperpentos felices, despreocupados, holgazanes y ajenos a cualquier realidad que no sea la propia, los dibujos animados no saben que están siendo observados.

Antes de apoyarse el primer color sobre el lienzo imprimado en escala de grises, la construcción ya parecía el perfil nocturno de una ciudad vacía bajo un rigor perceptible. Ahora que vemos la ciudad acabada, observamos las decisiones del pintor ante el espacio ordenado y el negro total. Lo primero fue desordenar la abstracción con una figuración traviesa, creando juegos de profundidad que desenfocan los originales y reales lienzos que se cortan. Los pícaros protagonistas del universo cerrado en sí mismo del artista, parecen los autores de la instalación. Como si por la noche se pintaran a sí mismos en su contexto, y el artista tuviera la sensación de un sueño extraño a la mañana siguiente.