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Iván Navarro

Tener Dolor en el Cuerpo de Otro

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Luz, forma, calor

“¿De quién diríamos que no tiene nuestro concepto de dolor? Yo podría suponer que él no sabe lo que es un dolor, pero quiero suponer que sí lo sabe, que emite por consiguiente palabras de dolor y que se le podría enseñar las palabras “Tengo un dolor” ¿Tendría él también que ser capaz de recordar su dolor? -¿Tendría que reconocer expresiones de dolor de otros como tales? ¿Y cómo se manifestaría esto? ¿Tendría él que mostrar piedad? ¿Tendría que comprender la imitación de dolor como tal?” Las nueve esculturas de Iván Navarro (Santiago de Chile, 1972) se estructuran a partir de observaciones como la que acabamos de leer, extraída del ensayo “Observaciones sobre los colores” de Wittgenstein.

Donde hay una palabra de luz que duela, se encuentra el perfil de Iván Navarro . Podríamos ubicarlo en la categoría de cantautor plástico, ya que la palabra se encuentra en la punta de la lengua de sus obras. Entre sus últimas exposiciones destaca su participación en la pasada edición de la Bienal de Venecia, la exposición Nowhere Man en el museo Towner (Reino Unido) y en la galería Daniel Templon, en París. Anterior a la presente selección de obras, Tener Dolor en el Cuerpo de Otro, el CAB de Burgos ha protagonizado Tierra de Nadie. A través de estos títulos, como el del actual proyecto en la galería Distrito 4, las palabras aparecen como el cuerpo fundamental de su obra. La ilusión del origen reivindicativo que podrían alcanzar sus esculturas, es la lucha a favor de una realidad donde el lenguaje es vehículo portador de ideas. Unos llevan el instrumento de cuerda en fundas de piel al hombro, otros se expresan con la voz, Iván Navarro tiene pozos de luz reflejada. El artista se refiere al hombre de múltiples maneras (recordemos trabajos pasados como el de las sillas o las lámparas de calor fosforescente y blanco); alude a zonas determinadas de su cuerpo, a Víctor Jara (Estadio de Chile, 1973). Navarro se acerca al lenguaje como puño de conciencia, al decir como la última de las libertades posibles. Las palabras son la materia modelada en cada uno de sus recipientes de dolor, memoria y vida. La historia de Navarro la lleva a cuestas, la culpa de la historia de otro cuerpo (Chile, 11 de septiembre de 1973). El sobrevivir a los desaparecidos y sus fantasmas.

Las mayúsculas iluminadas articulan la galería Distrito 4. Por un lado, una serie de tambores, cada uno forrado con espejos en su interior, con palabras como KICK (patear) o HIT (golpear). La mitad de las palabras está escrita en neón, la otra mitad es el resultado óptico, el reflejo derivado al disponer las letras de luz sobre los espejos de las obras. Sólo es posible leerlas a través de su reflejo. Las preguntas lanzadas por sus esculturas nos llevan a pensar que el lugar de la palabra es su significado, el significado que para cada hombre posea un término. En palabras de Iván Navarro : "Mi propósito al trabajar con textos escritos en neón es investigar un aspecto del lenguaje que muchas veces no es percibido conscientemente por quien lee. Esto es entender el texto también como una imagen. Pienso que la tipografía o el diseño que ocupa un texto o palabra puede cambiar o intervenir el significado de la palabra en cuestión. Me interesa trabajar la contaminación visual que afecta a la palabra escrita y por ende a su contenido expresivo”. La profundidad de sus pequeñas y huecas peanas (lápidas fluorescentes, sin flores), sabe que abriga las hondas palabras que soporta. Las imágenes que ahora observamos nos llevan a pensar en las palabras. Así es que en vez de cantar con una guitarra, escribe su mensaje en clave de silencio, para quien sepa apreciar que sus esculturas son todo lo contrario a un decir aleatorio. La música militar permanece callada en cada uno de los tambores, el sonido refuerza el valor de las palabras que contienen, ODIO, OCIO, ECO. El silencio es el instrumento musical que acompaña su mensaje protesta contra el peso del dolor ajeno en carne propia.

Por otro lado, encontramos más palabras, OÍDO, CODO, DEDO, inscritas también en barras de neón superpuesto al cristal, dentro de tres pozos de ladrillo y cemento. Luz y calor, color y formas cilíndricas que evocan pozos oscuros, negros. Las palabras se alejan de nuestra mirada como el eco, pero podemos verlas y sus sílabas no desaparecen, se reflejan hasta el infinito. Iván Navarro utiliza el material de los rótulos publicitarios, las fiestas nocturnas y los equipos electrónicos, (neón) para dar la voz de alarma. “Me queda la palabra” decía Blas de Otero. “Todo me pide que hable”, Neruda. La cabeza de la exposición es “Un monumento perdido de Washington, DC o Propuesta de monumento para Víctor Jara”, video que reproduce el poema del cantautor chileno, poema salvajemente inacabado “Lo que veo nunca vi / lo que he sentido y lo que siento/ hará brotar el momento…”

La electricidad, el calor y la luz se presentan en sus obras como un frío beneficio de un bienestar social al que no todos tienen acceso. La luz es por defecto, una metáfora de calor y alegría. La crítica se vuelve mordaz desde el momento en que la tragedia se disfraza brillante y escondida. La limpieza conceptual, formal y estética atraviesa cada una de sus obras. Implicado social y políticamente en la memoria de su país, desde nuestro contexto cotidiano sus palabras arañan al espectador: el espacio de representación del lenguaje ha sido congelado para no dejar caer en el olvido nuestra condición de seres humanos. Cuando le oímos cantar, las palabras pesan de nuevo.