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Alexander Apóstol

Ensayando la Postura Nacional

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Caracas experimentó un fuerte desarrollo urbano posterior a la muerte del dictador Juan Vicente Gómez en 1936 hasta la década de los 70s. Importantes cambios políticos, migraciones europeas y latinoamericanas y sobre todo la cotización petrolera como principal recurso de exportación viró, de forma apresurada y forzosa, la mentalidad del venezolano hacia nuevas perspectivas demostradas en diversas áreas, siendo protagonista el desarrollo de la arquitectura moderna sobre la ciudad. Pese a los grandes desniveles culturales y sociales desde entonces, gran parte del imaginario venezolano de hoy día llega al extremo de establecer el periodo histórico moderno como el sueño del mejor futuro.

En aquel momento importantes artistas plásticos irrumpieron desde los ‘40s, ‘50s y ‘60s, siendo la Escuela de Caracas (paisajismo), Los Disidentes (abstracción) y hasta el Techo de La Ballena (informalismo) algunos de sus movimientos más importantes. Curiosamente el artista venezolano Pedro Centeno Vallenilla, formado en la Italia fascista y expositor de una peculiar temática nacionalista e idealista con estética rimbombante y manierista, trabajó al margen de esos importantes grupos venezolanos y del arte que predicaban, al punto de ser denostado por aquellos tildándolo a éste de artista menor. Sin embargo, gracias a su profundo pensamiento de derechas y su posición social, llegó a establecerse como artista oficial en la dictadura de Marcos Pérez Jiménez en la década de los 50s, donde edificios como el Capitolio Nacional, el Círculo Militar o colecciones y salones de casas particulares de entonces llevaban sus pinturas y murales. Hoy día su trabajo aún permanece en los edificios públicos oficiales, donde la historia patria o los elementos autóctonos venezolanos unido a una exagerada y afectada idealización estética del cuerpo y de la raza, son protagónicos y parte esencial de su pensamiento y trabajo.

Lo que me interesa es como su fértil lenguaje visual alimenta los mitos de creación de la nación y se establece como parte del imaginario social, político, militar y hasta económico del país; donde su trabajo ejemplifica, quizás fortuitamente, los prejuicios, contradicciones y acepciones de cómo los venezolanos queremos vernos y de lo que quisimos (y queremos ser), contrastados dentro del exacerbado y vulnerable narcisismo de tinte mesiánico que se fundamenta sobre los resentimientos fundacionales que arrastramos desde la colonia.

Finalmente focalizar la obra de Centeno Vallenilla, independientemente de su calidad pictórica, como heredero de una confusa modernidad venezolana en concepción y pensamiento, confrontada al igualmente confuso y complejo momento político y social que ahora vivimos. Donde la frontera entre pensamiento de izquierda y el pragmatismo económico asociado a la derecha se desvanecen junto a las formas del poder político en el país.

En el film y en la fotografías, obras de Centeno Vallenilla dedicados a la historia patria, raza y tradiciones, son convertida en tableaux vivant por gente de los sectores populares de las barriadas caraqueñas pero dentro del contexto natural del artista, como fueron los espacios de la modernidad venezolana, a través de una desvencijada y grandilocuente casa moderna convertida en descuidada y prescindible oficina. Sin embargo los figurantes trataran sin ningún éxito de recrear cuadro por cuadro las posiciones forzadas de los personajes de los lienzos, intentándolo en cada cuadro una y otra vez, hasta ejemplificar en sus representaciones que la verdadera filosofía venezolana radica en su eterno intento, con forma pero sin fondo, de imaginar utopías que terminan resultando en simulacros de país.

Alexander Apóstol