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Lucía Vallejo

Plegando el vacío

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El cruce entre la utilización de técnicas pictóricas y la obsesión de llenar el vacío tal vez sea el origen de la escultura de Lucía Vallejo (Bilbao, 1975). El modo en que los lienzos se transforman en escultura en el espacio que la artista les ha concedido, aporta sentido a la obra y definen la posición personal de la autora dentro del panorama pictórico contemporáneo.

Plegando el vacío es la tercera exposición individual de Lucía Vallejo. Las esculturas que se reúnen en esta ocasión, se formulan a través de la coordenada tal vez más característica de la escultora española: la atracción por transformar lo bidimensional en tridimensional a través de una lucha constante contra la gravedad.

En la obra de Vallejo el proceso de creación adquiere la misma importancia que el resultado final de la obra, al igual que los prerrafaelitas está en una continua búsqueda de los orígenes, utilizando materiales puros, dando a su obra un carácter nostálgico. Inspirándose en la antigüedad, concretamente en el barroco, consigue dar volumen al vacío. Pliegues y más pliegues conforman una tridimensionalidad abstracta que hace que la escultura repose naturalmente sobre el lienzo de un modo azaroso y autoreflexivo al mismo tiempo. No es una mera casualidad su inspiración en el barroco, el vacío y la preocupación por el paso del tiempo eran temas muy recurrentes en ese periodo, que no sólo inspira al artista estéticamente sino que además se identifica con su simbolismo. Vallejo denuncia la relatividad del conocimiento y del género humano al paso del tiempo y a la muerte que son una constante en su obra.

“Son, sin duda, sus piezas más barrocas, –dice Óscar Alonso Molina- que pueden interpretarse en la línea de algunos trabajos internacionalmente célebres como los de Lee Bul, e incluso algo más lejanamente los de Petah Coyne o Matthew Ritchie. Para disfrutarlas hay también que dar por buena la escenografía que arroja sobre ellas, focos y realces de luz, proyectando sombras tenebristas, y que obliga al espectador a circunvalarlas para conquistarlas plenamente. En su giro que invita al nuestro, mientras se funden por medio de la sombra con el espacio de exposición, disfrutamos del desarrollo barroco por excelencia: cuando las disciplinas tienden a desbordarse unas sobre las otras, desdibujando sus fronteras, dando lugar a una fusión última del mundo con el escenario del artificio: vivimos y nos desenvolvemos en medio de una retórica donde lo artístico invade la esfera de lo real, avanza con su abullonado cuerpo hacia nosotros, y termina por envolvernos.”